Cuando conocí a Hugo era muy callada, creo que algo triste y con una gran mochila a mis espaldas. Como ya he contado, me sorprendí contándole cosas que nunca había dicho; me sorprendí descubriendo que siempre las había querido decir sin tener a quien. ¡Y qué hermoso era!

Su interés y su amor me incentivaban y cada día que pasaba me soltaba más. Creo que me fui al otro extremo y charlé … y charlé … ; más de una vez nos pasábamos noches enteras charlando, me abría de tal forma que parecía Forrest Gump cuando empezó a correr; … y como Forrest, un día, sin motivo alguno, me detuve y le dije:
-¡amor, te voy a cansar! ¡vas a dejar de quererme por charlatana!
Nunca me olvido de su respuesta:
-no Selvita, no podría, ¡vos sos como un diamante sin pulir, solo hay que dejarlo rodar para que aparezca el brillo!

Creerme un diamante me pareció de locos jeje, pero si creía que era otra persona; o quizás la misma; o como dice Hugo: sólo había estado escondida dentro de mí misma, con una coraza (y yo agrego: de temores y prejuicios propios de los sordos que son ignorados).

Cuando era niña alguien me hizo creer que era fea y torpe, y pasé gran parte de mi vida avergonzada de mi fisonomía y personalidad, ocultando ambas en una actitud de timidez y silencio. Y de pronto era mágico para mí, verlo a Hugo ahí, creyendo que yo era un diamantito. Levantó mi autoestima, me hizo sentir bella, me dio alas y volé…, volé tan alto como pude y me sentí libre como nunca antes. Y entonces comprendí cómo funciona la felicidad: aprendí a quererme, a amar a las personas que me aman y a las que no me aman también, sin distinción de colores, religiones, ideologías políticas y de las otras.

Descubrí que la vida es maravillosa, que siempre lo había sido, sólo que yo lo ignoraba o no había descubierto las armas para disfrutarla. Todo esto lo aprendí porque me dejaron correr y volar. Se habían terminado mis miedos, aunque la verdad, me queda uno, uno muy grande, el miedo a perderlo. ¿Quién me contendrá por las noches cuando alguna pesadilla perturbe mi sueño? ¿Quién me arropará como a una niña cuando esté enferma? ¿Quién tendrá su sabiduría para sacarme de mis pozos negros? Y lo más importante: ¿quién me hará reír tan escandalosamente?

Cuando se lo digo, Hugo me aprieta fuertemente contra su pecho como todas las noches al dormirnos y responde: ¡Dios Selvita! ¡Él siempre estuvo y estará con vos!

Para nosotros los sordos, la barrera del silencio siempre ha sido y será causa de dudas y de lágrimas, de sentirnos como si fuésemos transparentes y si bien yo encontré a mi esposo que me sacó brillo jeje, esto también lo pueden lograr los padres, los amigos, los hermanos, algún conocido de los muchos sordos que compartimos esta sociedad para que algunos que no estemos ni contenidos y ni bien valorados, alguien nos pueda sacar brillitos de alegría.

Por eso, cada vez que llega Hugo a casa, lo abrazo fuerte y lo lleno de besos.





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